origenes 2 crisis existencial

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Los perros también tienen emociones

Orígenes 2 (adolescencia)

No fue una mala época, sin embargo, no la recuerdo increíble o fantástica. Disfruté de muchas cosas pero fueron unos años complicados.

Mis emociones no estaban contentas, así que yo tampoco del todo. 

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Orígenes 2

ADOLESCENCIA

Y mi feliz infancia se acabó... Cómo afectan tus emociones e inquietudes en la adolescencia.

Cambio de vida

A mis trece años, cuando iba a empezar ese maravilloso mundo de mayores del que todos hablaban "el instituto", y que tanta ilusión me hacía, mi vida dio un vuelco gigantesco: nos mudamos.

Para mí fue tan repentino, que un día me lo estaban contando mis padres y yo me despedía con lágrimas de mis amigas, y al día siguiente tenía casa nueva y cole nuevo, los dos el mismo día.

Recuerdo mirar hacia atrás cuando nos íbamos de allí, para ver por última vez mi casa, mi campo y, ahora sé también, mi infancia. Era muy consciente de cuánto lo iba a echar de menos.

Sí, a mis trece años aún era una niña, no una adolescente con patas. 

Y sí, tan rápido fue para mí, que cuando el autobús escolar me tenía que dejar en mi casa a la salida del colegio aquel primer día, el conductor tuvo que recorrerse toda la zona, hasta que la vi, porque no sabía siquiera la dirección de mi casa.

Aquel amable hombre alucinó conmigo aquel día.

Nos fuimos a un sitio alejado del anterior, más cerca de la ciudad pero lejos aún. Una casa fantástica pero sin mis encinas, con campo pero sin apenas vida en él. Sin mis amigas y sin mis compañeros.

Y para rematar, a los pocos meses falleció mi abuela materna, mi lita', esa mujer voluminosa de pelo plateado que tanto me quería y que tanto hacía sufrir a mi madre con su carácter. 

Falda larga fucsia y gruesa (adecuada en el frío de la Sierra de donde venía), blusa blanca, calcetines caladitos cortos y blancos bajo los zapatos y, por último, mi chaqueta de punto rosa.

El conjunto era ideal para salir de mis vaqueros sin marca que tanto me gustaban, o los pantalones de pana habituales que mi madre se empeñaba en comprarme año tras año.

Así conjuntada, y mi pelo corto a lo chico, debido al volumen de la mata indomable que tenía por cabello, aparecí dando el do de pecho, mi primer día en aquel cole nuevo, donde la mayoría vestían Levis y Privatas.

Y mira que nunca había sido de ir de rosa... o quizá ese día dejó de serlo. En mi colegio público anterior de un pueblo de la sierra, a nadie le importaba el modo de vestir, y a mí aún menos.

La buena suerte hizo que mi clase de primero de BUP fuera nueva al completo. Éramos un grupo muy variopinto que veníamos de zonas muy diferentes, por lo que en cierto modo nos sentíamos más arropados, o al menos yo, en ese nuevo universo adolescente.

La mala suerte fue que le caí fenomenal a un niño que me perseguía por los pasillos dándome calambres con un aparatito minúsculo, que nunca llegué a ver.

Estuve dos semanas soñando despierta con pillar a aquel crío, pegarle un bofetón y estamparle contra la pared.

Nunca llegué a hacerlo. Algunos años antes le había dado uno muy bien dado a otro crío muy pesado que me tenía frita y al que le gustaba.

En aquel instante me había sentido tan mal, que le pedí perdón casi de inmediato y nunca volví a hacerlo. Mentira, una vez más me pasó con mi hermana, y me dolió tanto como a ella.

Me costó adaptarme a mi nuevo cole, aunque menos a mis nuevos compañeros. En mi clase salieron algunas buenas amistades que duraron años.

Algunas siguen con muy poco contacto. Cambiarnos de lugar de residencia en varias ocasiones no ayudó a mantener mis amistades infantiles o juveniles.

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Mucho más me costó adaptarme a la zona donde vivía, a poca distancia del cole. Todo eran calles larguísimas con casas, y poco más.

Paseos al centro comercial, primero andando y luego en motocicleta. Demasiado mayores para los juegos de antes, aunque a mí no me hubiera importado seguir con ellos de vez en cuando, y demasiado crías para algo más.

Con el tiempo, empecé a disfrutarlo, de aquella otra manera como empiezan a disfrutar los jóvenes, al menos en mi época. Quedar en casa de amigas, escuchar música, y mucho deporte. Estudiar, cosa que no me costaba demasiado, tenía memoria fotográfica.

Jugar a la güija un día y plantearme muchas cosas al respecto (allí vi derrapar un vaso). Anhelar que el chico que me gustaba se fijara en mí. Mis primeras pinturas de maquillaje al cumplir los dieciséis, empezar a sentirme diferente, más mayor.

Dejarme el pelo largo, empezar a salir esporádicamente por las tardes a algún pub y volver en el autobús de las 9.15 h de la noche (guauuu).

Quedadas con compañeros, ir al cole en Vespino, descongelarme los dedos al llegar a clase.

Luego llegó el fin de curso. Eso sí fue emocionante. Y mi primer beso. Bueno, más que un beso lo que sentí fue un babeo, vaya desastre.

Sucedió en italia con un chico que se llamaba Jose, que vivía en Madrid y me gustaba mucho, pero no fui capaz de volver a ver.

Cada vez que se acercaba a mí yo salía corriendo. No sé si de vergüenza o de qué puñetas, la verdad, porque aún no me lo explico.

Bueno, quizá tuviera que ver, que a una compañera se le llenaba la boca diciendo que se había enrollado con él también.

A la vuelta del viaje, no me explico cómo, consiguió el teléfono de mi casa (entonces no había móviles), y, cuando había quedado en que nos veríamos, pasé de él. Creo que estaba aterrorizada de mis sentimientos.

De aquello me arrepentí tiempo después, porque me gustaba, y yo a él también. Quizá por primera vez en mi vida había coincidencia.

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Mi primera crisis existencial

Finalizando el COU, con diecisiete años y apunto de tener que decidir hacia dónde quería enfocar mi carrera, llegó para mí la frustración, aunque en realidad fue mi primera crisis existencial seria. Expectativas por cumplir y preocupación por lo que haría con mi vida.

Ya era muy consciente entonces de que quería sentir la vida, hacer algo que me llenara. Y es cierto que con esa edad pensamos que es larguísima y tienes todo el tiempo del mundo, pero yo tenía prisa, no quería esperar a vivirla más tiempo. Y no sabía qué hacer con ella.

Deseaba con todo mi alma sentir emociones importantes. Eso es la vida, ¿no?. Quizá tuviera algo que ver en ello la serie de los libros "Los Cinco" o "Los 7 Secretos" que devoré de más joven. En ambas, se retrataba un grupo de chavales adolescentes que corrían aventuras. ¡Y yo quería aventuras!

En esa crisis existencial, que me duró unos meses, porque yo me motivo sola, y porque la vida sigue, no dejaba de pensar en lo que quería para mi vida y no daba con ello. Sabía que quería algo diferente nada más.

Pensaba mucho en la vida, la existencia, ... la muerte.

Las emociones más vívidas, eran las que hacían que me horrorizara pensar en lo que yo consideraba una vida aburrida, predefinida, como la de la mayoría de las personas: estudiar, trabajar, casarse, tener hijos, quizá nietos, hacerse mayor y morirse. Pues vaya...

Ahora siento que parte de esta falta de motivación, estuvo causada también por la manera en que yo percibía mi vida, mi familia. Por mi falta de solidez emocional.


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Tuve una niñez que recuerdo con nostalgia, ahora calmada. Sentí felicidad, frustración, diversión, emoción, y también necesidad y amor desesperado por mi madre. Amor por mi hermana, pero de otro modo, e incomprendida en cierto modo por ella o ella por mí, muy diferentes y marcadas ambas, en cierto sentido, pero hermanas unidas y hoy comprendidas. Amor por mi abuela paterna. Y total incomprensión por mi padre, algo recíproco, pero que hoy he aprendido a ver de un modo que ya no me daña, el modo correcto..

Photo by Nathan Martins from Pexels


Cabe decir que no creo en Dios. Con nueve años pasé de ferviente creyente que iba sola a misa y me atraía ser misionera de mayor, a autoproclamarme agnóstica, después de un episodio desagradable con el cura de mi iglesia que me molestó muchísimo.

Y harta de comerme la cabeza con el pecado, y si existe o no existe ese hombre todopoderoso que lo ve todo, decidí que ya estaba bien. Si existía, sería un ser bueno que no me iba a castigar si era buena persona. En alguna otra etapa de mi vida pasé a considerarme atea. Pero eso es otra historia.

Respecto a la situación con mi padre, continuó cuesta abajo con patines, pero me reafirmé en mis decisiones que había tomado ya hacía unos años: una, que no sería como él, y dos, que no iba a dejar que nuestra relación y su comportamiento me afectaran.

Me distancié emocionalmente todo lo que pude. Pero qué ilusa, no lo había aceptado, mi mirada no erea la correcta. Y todo se paga... al menos, en taritas. En todo caso soy como soy gracias también a eso, aunque durante mucho tiempo mis taras fueron importantes. 

No obstante, y como siempre he buscado la manera de ponerles remedio, aquí estoy, terminando de desprenderme de las que me quedan.

Mis taritas

Ahora ya puedes empezar a reírte un poco de mí. No porque vaya a contar 'todas' mis taritas, pero sí algunas. Porque esto venía todo a mis emociones en aquella época.

Y es que mis emociones siempre han sido fuertes. Creo que son las que me hacían vivir en las nubes, en mi mundo, la mitad del tiempo. Las que me hacían soñar despierta, que fuera muy despistada (ahora lo justo, aunque quizá otros no digan lo mismo 😉 y que ahora busque soluciones para todo, para mejorar mi vida.

Hacían que olvidara comer, que me fuera a la calle con las correas de los perros... sin los perros, que olvidara los recados, porque eso sí, si me concentro en algo, el resto del mundo desaparece. No te contaré las veces que he perdido el coche, sin perderlo. O las llaves de casa, o esas pequeñas cosas que nunca están cuando realmente las necesitas.

Tuve una época, de cría, en que iba dando saltitos por la calle. Cuando, tiempo después, se lo conté a una amiga que estudiaba psicología, me miró con una cara muy rara. No recuerdo que término le puso a ese trastorno, pero a mí me daba igual, no quería ninguna clase de etiquetas.

Lo que yo sé, es que necesitaba liberar energía, emociones contenidas. De modo que iba caminando, haciendo fuerza con un pie. Y cuando lo apoyaba, apretaba fuerte el suelo, cosa que me hacía dar un saltito. Esta me duró algo de tiempo, pero a mi madre le ponía nerviosa y la eliminé.

Después me cargaba los huevos (los de gallina). Cuando mi madre me pedía que le diera dos huevos de la nevera, mientras ella cocinaba, yo los cogía y, de algún modo, se me rompían antes de llegar.

Tenía muchas ganas de apretarlos, e incluso cuando intentaba evitarlo se reventaban en mi mano. Mi madre se enfadaba, y yo también por tener que recogerlo. Todos sabéis lo que es recoger un huevo roto del suelo, ¿no?.

Tuve también la tentación de empezar la manía de girarme por el mismo sitio porque el que me había vuelto antes. Pero en cuanto me di cuenta de que me apetecía hacerlo me la cargué. Sabía que esa no era buena (había oído alguna mención a ella).

Y en los momentos de mucha frustración y cabreo, le daba patadas a una camiseta. Porque romper no quería romper nada..., tampoco mis dedos. También me gustaba sentir golpearme a veces con una regla en la cabeza, mientras estudiaba.

Una que se me ha quedado es contar y sacar la unidad del medio. Es decir, si estoy enfrente de una pared con persiana o estor de lamas, pues cuento las lamas y calculo cuál es la que está justamente en el centro, en el medio. Lo mismo con los baldosines, con los números de las matrículas de vez en cuando (sí, muy típico).

Pero lo hago por gusto. No sé si tiene que ver que siempre he tenido buena memoria para los números, no tanto la lógica matemática.

Estas son las más importantes que recuerdo. Lo bueno de ellas, es que las controlaba. Es decir, cuando veía que se empezaban a poner serias, me las cargaba. Simplemente dejaba de hacerlo.

Ahora estoy empezando a pensar, que tengo otra. Que es hacer las cosas, de manera 'perfecta'. Y de la manera más eficiente posible. Es parte de mi personalidad..

Pero quizá no sea una manía porque no necesito hacerlo siempre. Es decir, cuando no me apetece no lo hago y no me obsesiona. Pero si me pongo y tengo tiempo... no hay horas suficientes, me olvido de comer 😉

Y la gran tarita que me quedó, podéis imaginar, y que por fin puedo decir que acabo de superar, la autoestima resentida en algunos ámbitos de mi vida.

Tengo claro que las vivencias negativas relacionadas con mi padre, por mucho que quisiera evitarlo, fueron un factor importante en mi desarrollo personal, lo mismo que lo fueron las positivas relacionadas con mi madre.

Por eso hago todo lo posible para que mis hijos crezcan y se desarrollen de la mejor manera posible, y para ello, la información es muy importante.

Pero también tengo claro, que cada uno de nosotros tenemos que luchar por superar los aspectos negativos que hay en nosotros, por buscar el desarrollo personal que aporta equilibrio emocional y te hace ser mejor persona para ti mismo y para los demás. Y eso es algo que cada uno debe hacer, no importa el pasado.

De modo que, ¡suelta taras, desahógate, despéinate, ríete también de ti mism@ y busca siempre tu mejor ser!


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