La extraña que hay en mí (mil emociones)

Una vez eché a la extraña que había en mí, por serlo. Después le pedí volver, porque sin ella no podía ser esta extraña, la que quise ser.

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La extraña que hay en mí

Mi mejor amiga

La extraña que hay en mí.

Siempre fue sociable, quizá por eso me llevaba bien con la extraña que hay en mí. Conviví con ella muchos años y, a menudo, me sacaba de quicio. Finalmente hemos llegado a un acuerdo: ella deja de darme la barrila machacona y yo acepto como es.

Acepto que se cabree con el mundo de vez en cuando, mientras yo la miro, con más paciencia que antes. Sé que no le dura mucho. 

Acepto que a veces me atraiga a su melancolía, cuando tiene un día tonto y se siente poco sociable. Nos sentamos a recordar emociones vividas, o simplemente a pensar o a distraer la mente con películas emocionantes.

Acepto que me diga lo tonta que soy en ocasiones, porque tiene razón. Pero ya no me importa. Todos somos un poco tontos a veces. Y disfruto de que seamos más payasas. De reírnos más de las tonterías. 

Acepto y escucho, cuando no tiene razón. Y me encanta que me haga preguntas, muchas. Las que al principio no sabía responder, pero poco a poco he ido logrando descubrir. Ahora quedan pocas que contestar. Hay más silencio en casa, más calma.

Ahora, soy yo quien le dice de vez en cuando: déjate de chorradas, eso son excusas, eres mucho más que eso. Eso no es lo importante. Y quien le manda a la mierda con humor y respeto, cuando me dice que tengo que ser así o asao o que las cosas tienen que ser de tal manera.

Le explico que hay dos tipos de personas en el mundo: las que quieren ser mejores y las que se conforman. Le cuento que todas ellas han tenido o arrastran aún sus espinas, sus taritas, y eso le ayuda a poner a cada persona en el sitio que le corresponde, y no por encima o por debajo.

E insisto en que es mejor escucharlas, que pretender aconsejarlas si no lo piden.

Con ella he soltado lastres mentales y también físicos. He limpiado mi casa y mi mente. Me he sacado todas las espinas. Y también he aprendido a perdonarla, a ella y al mundo, aunque ella me dice: ¿en serio tenías algo que perdonarme?, es bastante cabezota.

Mi extraña y yo hacemos un buen tándem

Ahora mi extraña y yo hacemos un buen tándem, ella piensa que es menos especial de lo que es, y yo lo contrario, así que nos equilibramos.

Nos empujamos mutuamente a continuar avanzando, como habíamos hecho siempre, a ser menos exigentes, a disfrutar más y mejor. Y también algo muy, muy importante que nos recordamos a menudo: a relativizar, a tomarnos las cosas menos en serio. A reconocer lo importante.

A reírnos mucho más cuando mis hijos hacen alguna travesura. A ponerme en su lugar y comprenderles más y mejor. Y a que debo educarles para que me maten de amor un día (gracias #borjavilaseca).

Gracias a ella, he aprendido a soltar personas y relaciones sin sentido. He tomado distancia de mí misma y he aprendido muchas cosas. Me he conocido a mí, y los principios que guían mi vida y he aprendido a respirar hondo. También a agradecer todos los días.

Pero sobre todo, gracias a ella he aprendido a coger las riendas de mi vida (gracias #mentoriadevida).

Ahora siento por fin calma y liberación, algo que había perseguido durante mucho tiempo... mientras no me despiertes cuando estoy durmiendo 😉

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