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Me ha venido últimamente a la cabeza el título de la película que protagonizó Jodi Foster llamada 'La extraña que hay en mí', que define exactamente cómo me sentía, aunque con diferente significado.

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Escribir para expresar emociones

Catalizador

escribir para expresar emociones

Esta página web a la que estoy enganchada, empezó como una forma de soltar lo que me estaba quemando en ese momento, pero también de otras que llevaba arrastrando toda la vida. Empecé y me di cuenta de que quería más, necesitaba más. Entonces se empezó a producir la catarsis.

Escribir siempre me ha permitido conocerme mejor, llegar al fondo de mis emociones y sentimientos, y también soltar. Me permite ir profundizando en mis pensamientos a medida que voy escribiendo, que me revelan más y más, y me hacen descubrir lo que creo que es mi verdad emocional.

Recuerdo empezar a escribir alrededor de mis ocho años, ya para soltar algunas emociones. Si no recuerdo mal, poco me duró. Lo solté y se acabó. Después con mi mayoría de edad, continué de una manera más o menos regular durante un tiempo, casi tres años.  

Y sé que fue en aquellos años, porque hoy lo he rescatado del trastero y me he sorprendido, viendo los recortes pegados, mi letra de entonces, algún dibujo, y, sobre todo, leyendo mis primeras líneas en octubre del año que cumplí mis dieciocho, después de mi primera crisis existencial seria.

Mi diario, el que escribí para expresar y soltar mis emociones y sentimientos a mis dieciocho años.

Esto es lo que escribí entonces:

'Estas son las primeras notas que forman mi diario. A partir de aquí me decidí a seguir un diario porque estaba llena de multitud de diferentes emociones y sentimientos que necesitaba expresar y sacar fuera.


Y me decidí a escribir estas primeras, porque por primera vez desde hace muchísimo tiempo me sentía feliz. Relajada, animada, optimista y... feliz.


Tenía todo un año por delante para darle vueltas al "coco". Un año de descanso en cuanto a estudios. Un año de descubrirme a mi misma, de formarme psicológicamente... y, como siempre, empiezo a enrollarme, cuando todo está aquí, en mi DIARIO.'

Vaya, pues leyéndolas diría que no aprendí mucho, porque aquí estoy otra vez :D.

En todo caso, ahora es cuando lo estoy expresando al mundo, en lugar de ocultarlo en un diario. Porque aunque mi mayor catalizador ha sido siempre verbalizar mis emociones con mi gente de confianza, es un hecho que nunca se cuenta todo (sería muy aburrido), y además no soy capaz de verbalizar del mismo modo que escribo.

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La extraña que había en mí. Mi enemigo interior

En la película 'La Extraña Que Hay En Mí', y que me gustó mucho, la protagonista se siente una extraña porque, a raíz de un suceso traumático y devastador para ella como es el asesinato de su pareja, a la que ama, y tras sufrir ella misma al mismo tiempo una agresión brutal, se convierte en una persona tan distinta a como era antes, que no se reconoce en absoluto.

En mi caso, el problema era reconocerme demasiado, volver a lo mismo. Han pasado exactamente treinta años desde que empecé aquel diario, y desde entonces, el mundo laboral ha absorbido mi tiempo y gran parte de mi vida.

Durante esos años, disfruté de muchas cosas de juventud, estudié salí con amigos, con chicos, viajé, viví experiencias, me desarrollé profesionalmente, etc.

Mi optimismo innato siempre me motivó a avanzar, a no quedarme en el pasado, a intentar superarme. Pero no me había dado tiempo a hacerlo del todo.

Después tuve a mis hijos, mis amores, que me hicieron descubrir el sentido de mi existencia. Algo que cambió el rumbo de mi vida.

Pero durante unos años las circunstancias y mi foco en todas mis obligaciones, hicieron que me olvidara de mí y de todo aquello que quería. Algo que nunca debió pasar.

De modo que cuando decidí recuperar el oxígeno que se me estaba agotando, continué aquel camino que había dejado atrás.

Me detuve a reflexionar, a enfocar mi vida de nuevo. A buscar mis ilusiones, a intentar dejar atrás inseguridades. A ser mejor para mí misma, a sentirme mejor.

Para poder hacerlo, sentía la necesidad primordial de soltar. Para soltar he tenido que recordar, y volver al pasado. He revivido en mi pensamiento con nostalgia muchos recuerdos gratos, pero también otros ingratos. Y también he tenido que mirarme mucho en el espejo mucho.

He vuelto a sentir ilusiones de mi niñez, de mi mayoría de edad, de otra vida que ahora me parece tan lejana, y a la vez recuerdo aquellas emociones en mi piel, nítidamente. Algunas de ellas no muy bonitas, como entonces.

He conseguido identificar algo que siempre me había faltado e impedía que fuera del todo feliz: el objetivo de mi realización personal. Una necesidad de proyectos propios, que me apasionen. Inquietudes no realizadas completamente hasta ahora.

He estado trabajando para transformarme en una versión mejorada, intentando eliminar hasta donde fuera posible, algunas taritas que he arrastrado siempre. Intentado alcanzar mi equilibrio emocional, para centrarme en perseguir mi sueño.

Aunque dentro de ese sueño que es la visión de mi vida, hay factores que no puedo controlar. Y que, como dice muy bien un amigo, "no están dentro de mi círculo de influencia", así que lo único que queda es centrarte en las que sí lo están.

Pero todo esto es lo que me hacía sentirme un extraña en el mundo. Me parecía que no encajaba con la mayor parte de la gente, que debía tener mi vida bastante más enfocada. 

Me sentía una extraña por no sentirme bien conmigo misma, como si mi vida no fuera suficiente, como si no valorara lo que tengo, algo que es falso.

Tengo mi casa, comida en la mesa, un trabajo. Unos maravillosos hijos, que son mi alegría. Pero sentía que algunas expectativas me lastraban personalmente. Algunas que jamás llegué a cumplir.

Extraña porque en mis ratos ociosos y sola, vivía en mi mundo interior, en mi burbuja.

Porque no disfruto de la televisión, salvo para ver series o películas de calidad, porque no tengo tiempo apenas para ver o leer noticias. No podía permitirme escapadas, tampoco era nunca el momento ideal. Y tampoco salía mucho con amigos.

Es decir, no hacía las cosas que hace la mayoría de la gente. Sólo tenía obligaciones: trabajo, casa, coles, etc.

Y también me sentía una extraña por esta necesidad de expresar mis emociones públicamente. Una sociedad, en la que la gente persigue ser más sana, hace más ejercicio, que busca sentirse bien, y disfrutar de las pequeñas cosas, algo que me parece realmente estupendo, yo también lo persigo.

Pero también una sociedad en la que, en general, no está de moda mostrar tus debilidades emocionales.

En la que está mal visto no ser feliz, porque la felicidad está en las pequeñas cosas, así que, cómo no vas a ser feliz. Si no lo eres es que no sabes vivir.

Si preguntas a alguien cómo está, lo único que te suele responder es: 'bien', aunque no sea así. ¿No es mejor responder: jodido pero contento?. Al menos sería más honesto. Bueno, siempre hay gente que nunca está contenta.

En esta sociedad impera el positivismo, que está muy bien, pero en ella mucha gente expresa sus éxitos en la vida, pero no lo contrario. Que se lo digan a los japoneses.

Donde la gente que, como yo, que tiene las necesidades primarias más o menos cubiertas, no expresa sus emociones más negativas. Las que implican nostalgia, frustración, expectativas no cumplidas, amargura, desequilibrio emocional.

Quejas sí, muchos vivimos quejándonos de todo permanentemente.

En fin, soy muy consciente de que es una visión parcial y subjetiva. Sin embargo, nunca había podido evitar sentir que era una extraña en mi mundo.

A pesar de ello, por suerte disfruto de buenos amigos, que buscamos encontrarnos porque nos hace sentir bien compartir nuestras inquietudes y malestares. Y reírnos también de nosotros mismos.

Y puedo asegurar que siempre escuchas alguna historia que te hace ver que las tuyas, en lugar de importantes, son más bien lamentables. Pero ahí están fastidiándote. O más bien, fastidiándote tu misma.

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Punto y a parte

Siendo honesta conmigo misma, lo que escribo no es únicamente un catalizador, o una manera de expresar y soltar emociones.

También es el único reducto de mi existencia, quizá un legado (aunque una vida no se resume en unas cuantas palabras), aún sabiendo que el mejor legado para mis hijos es lo que puedo compartir con ellos, la educación y libertad que debo y quiero darles en el empeño de que ellos sean felices. Más felices que yo hasta hace poco.

Puede que sea también una manera de de dejar mi huella, lo que he sido porque sé que un día nadie me recordará, es ley de vida. 

En todo caso, es otro proceso similar al que hice con las fotografías de los recuerdos de los que me desprendí en ese objetivo de tener menos cosas (sección ogro).

Es la necesidad de dejar plasmado y conservado en este sitio, mi pasado, mis taras, el proceso, con el único objetivo de liberar mi mente para avanzar libremente. 

De modo que tengo rotundamente claro, que quiero que esto sea un punto y a parte. Un punto y a parte para soltar definitivamente todo y aparcar el pasado.

No significa que haya contado aquí todas las circunstancias y hechos que han afectado en el pasado o siguen afectando a mis emociones, porque esto no es un diario. Pero es suficiente.

Aunque antes, aún tengo que plasmar mis catarsis.

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Catarsis

Y esto es lo que me queda por contar. En mi vida he realizado diferentes catarsis a lo largo de los años.

La primera, me atrevería a decir que fue con nueve años. Con esa edad, tomé decisiones complejas, visto desde mi madurez actual, pero sencillas para mí en aquel entonces, según mis recuerdos.

La que recuerdo más importante entonces, fue mi relación con mi espiritualidad. Marcada seguramente por una monjita buena, cándida, encantadora y amorosa, cuando yo era aún muy pequeña, y asistía a maternales (1), a mis 4 años. Ella me enseñó a leer y me quería muchísimo. 

Recuerdo dulzura y bondad en ella, cantos y alegría. Tanto debió marcarme que, aunque difuminados, aún guardo esos recuerdos, tanto como el de ser misionera. Lamento no recordar su nombre.

Recuerdo escuchar (y leer y releer más tarde en una lectura infantil) la vida de Santa Teresa de Jesús cuento que aún conservo. Yo quería ser misionera para ayudar a los más desfavorecidos. Tenía ese fondo bueno y limpio, infantil e inocente, que se van perdiendo con los años.

(1) Buscando lo que era "maternales" en aquella época, la edad que cubría, he encontrado este estudio (https://revistas.usal.es/index.php/0212-0267/article/viewFile/6917/6898), que no me interesa leer entero, pero me ha llamado muchísimo la atención.

Leyendo en concreto la página 165, es para alucinar. En este documento se puede apreciar la mentalidad de la época, la educación obsoleta que ahora parece tan lejana. Qué gusto haber avanzado tanto al respecto.

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Con mis ocho años, y aquello olvidado (2), no así me espiritualidad, acudía a misa yo sola o con unas amigas. Fue una decisión personal. Nunca mis padres intervinieron en este tipo de decisiones.

Siendo creyentes, ellos no creían en la Iglesia y nunca iban a misa. Tampoco, mi hermana. Ahora me doy cuanto de cuánto les debo estar agradecida por ello. 

Pero a los nueve años, me preocupaba seriamente en ciertos momentos, como buena católica practicante, no cumplir como debía con Dios.

Esto era, soltar alguna mentirijilla, o cualquier otra tontería infantil (no tal para mí entonces), que a los ojos de Dios no estaba bien.

No me apetecía tener que confesarme continuamente. Me agobiaba en cierto modo tener sus ojos puestos en mí de manera permanente, aunque no lo percibía como algo escrutador, sólo conocedor de todos mis actos y pensamientos (3).

Y que no me pidieran que jurara, porque para mí era el peor de los pecados que podía cometer a esa edad (4).

Entonces tuvo lugar un hecho, tiempo después de celebrar mi comunión (poco tiempo, si no recuerdo mal), en el que el cura de mi pequeña iglesia me puso en ridículo delante de todos los feligreses en una misa, al recriminarme severamente por no recordar los votos de mi comunión que jamás olvidaré (5), debido al nerviosismo de tener que decirlos delante de todos sin que yo me lo esperara. Nunca más volví.

Este hecho, unido a que ya entonces me suponía un estrés mental mis pecadillos infantiles, hizo que me replanteara seriamente la existencia de Dios. O más bien, me planteé si quería sentirme con esas tribulaciones mentales continuamente. Y decidí que no quería.

Mi proceso mental resumido fue: Si Dios existe, sé que es bueno, por tanto, si soy buena persona y no hago daño a los demás, no va a castigarme por no ir a la Iglesia y cumplir con sus obligaciones.

Y si Dios no existe, ¿para qué narices voy a tener que lidiar con estas preocupaciones? Se acabó. Así que, me liberé, convirtiéndome ese día en agnóstica no practicante. Y fue un grato alivio.

(2) El colegio al que asistí en maternales era el Sagrado Corazón de Jesús (Fuencarral). Mi madre nos sacó  al año siguiente porque un cura que venía a darle catequesis a mi hermana, era de aquel pensamiento clásico y severo, que convirtió lo que se supone que es la bondad de Dios, en un ser castigador de pesadillas infantiles.

(3) Si has leído mis origenes y origenes2, imaginarás que tenía algunos remordimientos por mis sentimientos hacia mi padre. Y algunas cosas sin importancia ahora.

(4) He tenido que buscar por qué mi cabeza infantil creía que jurar era un pecado, cosa que me resulta absurda. He olvidado todo aquello.

Acabo de leer, que lo que es pecado para la iglesia es jurar en falso, pero supongo que me quedé con el concepto básico. Con cuatro años qué quieres.

(5) Renuncia a Satanás: 'Odio a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y me entrego a Jesucristo por siempre jamás. Amén'.

Mi segunda catarsis, fue a los diecisiete años. Aunque, bueno, en realidad no fue una catarsis, porque cambiar, no creo que cambiara mucho. Fue una crisis existencial en toda regla (Orígenes 2).

Pero la vida sigue, y la mía también siguió adelante olvidando el tema, aunque por dentro permanecía porque, si no lo arreglas, siempre quedan posos. O más bien polvos, que cuando soplas aunque sea sólo un poquito, vuelan de nuevo.

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Imagen de prettysleepy1 en Pixabay

Y esta es mi segunda catarsis importante. Parte de ella escrita en estas páginas.

La diferencia es que esta la he vivido disfrutando del camino. Sintiendo como mi mente ha ido cambiando. Diría que aún no acabo de creerlo ;).

Me siento liberada, por fin.

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